La reciente escalada del precio del oro es más que un simple reflejo del nerviosismo de los inversores: es un síntoma de una transformación más profunda en el panorama financiero global. Con una cotización que ha superado los 3.500 dólares por onza y previsiones de bancos como J.P. Morgan que sitúan el metal en 4.000 dólares en 2026, el oro ha recuperado su rol de refugio por excelencia en un momento en el que los activos estadounidenses han perdido parte de su atractivo tradicional.
En el centro de este cambio está la política comercial de Donald Trump, que ha reactivado los aranceles unilaterales y ha sembrado incertidumbre entre los grandes flujos internacionales de bienes. Las llamadas tarifas del “Día de la Liberación”, con una tasa mínima del 10% a todas las importaciones y medidas recíprocas, han desatado una respuesta negativa en los mercados. Lejos de favorecer al dólar como activo refugio, como ocurrió en otras crisis, los inversores se han volcado al oro, mientras los bonos del Tesoro y la moneda estadounidense han sido objeto de ventas masivas.
Según datos de LSEG, el dólar se ha depreciado un 8% en lo que va de año, mientras que los rendimientos de los bonos a 10 y 30 años se dispararon 30 puntos básicos tras los anuncios de Trump. En contraste, el oro ha subido un 25%, desafiando la lógica tradicional que lo ve caer cuando los tipos de interés aumentan.
Este cambio de paradigma responde a varios factores. Por un lado, los aranceles generan expectativas de inflación futura, lo que a su vez presiona a los tipos de interés. Normalmente, esto haría al oro menos atractivo, ya que no genera rendimiento. Pero en este caso, su papel como cobertura contra la inflación ha cobrado más peso. Michael Ryan, economista de la Universidad de Waikato, lo explica así: “El oro es visto históricamente como un refugio contra la inflación, y eso es lo que lo está haciendo especial ahora”.
